sábado, 26 de enero de 2013

LA HERIDA


Esta tarde vi una de esas escenas en las que suelo exclamar:
_ ¡Se me cayeron los ovarios y se hicieron hilachas!...
Entraron apresurados al aula dos niños de cinco años porque uno de ellos se había lastimado la pierna mientras jugaban, entonces el otro rápidamente, con luces propias de un adulto cortó una servilleta de papel y se la pegó en la herida al compañero queriendo impedir que la sangre siguiera corriendo.
Enseguida me ocupé de que el niño accidentado recibiera la atención apropiada a cargo de la madre, pero esa imagen tan tierna quedó sellada en mí como pocas. Una señal. Un flash.
Me sorprendió la reacción oportuna y eficaz del niño que intentaba curar al herido sin temor ni prejuicios, sin reparos ni impresiones.
Tal vez porque es “sólo un niño”, como si se tratara de algo de poca monta. Justamente Su condición no lo condicionaba con las barreras que suelen atar las bondades que debieran practicar los adultos, a discreción.
Si traslado la misma situación pero entre personas mayores de edad, dudo que el resultado fuera el mismo.
He presenciado todo tipo de accidentes y las personas ven sangre y se espantan, otras se descomponen o se desmayan. Las más arriesgadas sólo se acercan para ver bien y tener algo de qué hablar, pero muy pocas se ocupan del afectado e intentan ayudarlo con total entrega.
Reconozco que mucha gente está recluida detrás del miedo al contagio de enfermedades, por ejemplo, sumado al desconocimiento de cómo actuar frente a un infortunio agravado.
Pero lo triste y lo que me avergüenza es que de “grandes” perdemos la “grandeza” de “chicos”. Y esta insuficiencia la traslado a todo ámbito de la vida en sociedad donde las relaciones son superfluas y los vínculos sólo permanecen (Y parecen estables) cuando se basan en la conveniencia o comodidad de al menos, una de las partes.
Veo y siento que se han perdido los sentimientos puros y genuinos, la lealtad, la solidaridad, el respeto, la empatía, la compasión por el otro…sencillamente porque se trata de otro, que no soy yo, y si no soy yo, no tiene importancia, no cuenta, no sirve, no existe. Esa parece ser la secuencia mental. Así funciona casi todo en todos, casi.
Por suerte esta tarde vi la escena que me permite pensar que al menos en unos pocos, los olvidados, los de sombras pequeñas, aún puede aflorar la humanidad perdida, la clase de humanidad que se precisa para sanar las heridas del alma que ni el tiempo logra curar.-
Luly (Diciembre 2012)

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