Esta
tarde vi una de esas escenas en las que suelo exclamar:
_ ¡Se me cayeron los ovarios y se
hicieron hilachas!...
Entraron
apresurados al aula dos niños de cinco años porque uno de ellos se había
lastimado la pierna mientras jugaban, entonces el otro rápidamente, con luces
propias de un adulto cortó una servilleta de papel y se la pegó en la herida al
compañero queriendo impedir que la sangre siguiera corriendo.
Enseguida
me ocupé de que el niño accidentado recibiera la atención apropiada a cargo de
la madre, pero esa imagen tan tierna quedó sellada en mí como pocas. Una señal.
Un flash.
Me
sorprendió la reacción oportuna y eficaz del niño que intentaba curar al herido
sin temor ni prejuicios, sin reparos ni impresiones.
Tal
vez porque es “sólo un niño”, como si se tratara de algo de poca monta.
Justamente Su condición no lo condicionaba con las barreras que suelen atar las
bondades que debieran practicar los adultos, a discreción.
Si
traslado la misma situación pero entre personas mayores de edad, dudo que el
resultado fuera el mismo.
He
presenciado todo tipo de accidentes y las personas ven sangre y se espantan,
otras se descomponen o se desmayan. Las más arriesgadas sólo se acercan para
ver bien y tener algo de qué hablar, pero muy pocas se ocupan del afectado e
intentan ayudarlo con total entrega.
Reconozco
que mucha gente está recluida detrás del miedo al contagio de enfermedades, por
ejemplo, sumado al desconocimiento de cómo actuar frente a un infortunio
agravado.
Pero
lo triste y lo que me avergüenza es que de “grandes” perdemos la “grandeza” de
“chicos”. Y esta insuficiencia la traslado a todo ámbito de la vida en sociedad
donde las relaciones son superfluas y los vínculos sólo permanecen (Y parecen
estables) cuando se basan en la conveniencia o comodidad de al menos, una de
las partes.
Veo
y siento que se han perdido los sentimientos puros y genuinos, la lealtad, la
solidaridad, el respeto, la empatía, la compasión por el otro…sencillamente
porque se trata de otro, que no soy yo, y si no soy yo, no tiene importancia,
no cuenta, no sirve, no existe. Esa parece ser la secuencia mental. Así
funciona casi todo en todos, casi.
Por
suerte esta tarde vi la escena que me permite pensar que al menos en unos
pocos, los olvidados, los de sombras pequeñas, aún puede aflorar la humanidad
perdida, la clase de humanidad que se precisa para sanar las heridas del alma
que ni el tiempo logra curar.-
Luly (Diciembre 2012)
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