sábado, 2 de febrero de 2013

EL ABANDONO


Cuando llegué a trabajar me esperaba una de las imágenes más indeseables que hubiera imaginado, indeseable por lo confusa y triste. Me sentí impotente, mucho y por muchos días después.
En el gabinete de primeros auxilios estaba la trabajadora social con una niña de unos 6 o 7 años que lloraba por lo bajo y susurraba.
Pregunté qué sucedía al pasar (sin interrumpir aquella situación que por mucha curiosidad que despertara en cualquiera, era delicada y ajena) y una colega me contó: la niña sufría hacía unos días de intensos dolores en las orejas.
 En la revisión se descubrió que tenía encarnados los aros. La inflamación y posible infección era importante, por lo que la asistente estaba intentando literalmente despegar los aros a pesar de la obvia resistencia de la niña. Logró hacerlo después de explicarle lo urgente y necesario que era hacerlo por su propio bien, pero nada consolaba a aquella pequeña.
El desconsuelo era doble: lloraba por el dolor físico que de momento parecía más intenso, y porque sus aritos ya no servían, estaban oxidados, y lejos de ser un adorno y un regalo sumamente preciado, ahora representaban una amenaza real para su salud.
…¿Cómo hacerle entender eso a una niña? ¿Cómo explicarle lo que es la salud frente al deseo?...
A menudo no logro entender o aceptar eso, y es un conflicto para varios adultos, lo cual me hace dudar de que ella pudiera asumir esa situación a esa edad cuando todo mal suele estar sobredimensionado.
Mientras hacía mis tareas me quedé pensando en todo lo que había visto y como siempre, me indignaron los resultados de las preguntas que iban surgiendo a borbotones sobre mi cabeza:
¿Cuánto tarda en encarnarse un aro para llegar a la infección?
La madre, el padre, o cualquier adulto a cargo de esa niña, ¿no observó lo que le estaba pasando?
¿Será que desde las primeras molestias pidió ayuda y nadie le dio atención?
¿Acaso nadie realmente se ocupaba de ella y recurrió a otra fuente que le inspirara confianza?
En fin, son dudas que nunca voy a saldar, tal vez porque en éstos casos prefiero no saber para que mi indignación no se potencie y para que el odio post impotencia no repercuta en mi salud como suele hacerlo.
Aquí es cuando empiezo a rumiar una incertidumbre existencial:
¿Es mejor estar siempre con todas las luces prendidas, observando nuestro entorno y ocupándose de todo o casi todo lo que pueda resolverse para el beneficio de todos? ¿O es preferible cerrar los ojos de la conciencia social, meterse dentro de uno y obviar todos aquellos problemas que resulten ajenos y no prescriban resultados permanentes?
Han pasado varios meses de aquel llanto precoz que tanto me afectó por las causas que le precedían y todavía lo recuerdo y me duele como algo propio.
Lo injusto y evitable tiene esa permanencia en mí, y sólo compartirlo de éste modo, alivia en parte lo que pocos entienden y menos saben.-

Luly (Octubre 2012)



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