EL
NIÑO ESCLAVO
Mientras desayunaba cerca del mediodía
todos los canales de aire daban la misma noticia:
En un pueblo de Misiones algunos vecinos
denunciaron el maltrato a un niño de cinco años por parte de su madre y su
padrastro. Los zócalos coincidían en casi todos los medios con frases del tipo:
NIÑO DE 5 AÑOS MALTRATADO- TENIAN COMO ESCLAVO A UN NIÑO DE 5 AÑOS- VECINOS
DENUNCIAN MALTRATO INFANTIL, etc.
Las entrevistas y las imágenes de la casa donde vivía esta familia se repetían
hasta el hartazgo (Gente muy humilde suele decirse, yo creo que la humildad no
es carencia de capital, de cosas materiales; la humildad es carencia de orgullo
o arrogancia y en realidad, estos mayores a cargo de la pequeña víctima, no
eran humildes, precisamente).
Los vecinos relataban todo tipo de
torturas que sufría el niño dentro y fuera del hogar: humillaciones, golpes y
castigos irrepetibles delante de quien
pasaba por ahí. Lo peor de la historia era que se habían realizado varias
denuncias y los responsables de responder, nunca aparecieron. Barrio de pobres:
Tierra de nadie.
Al momento de la noticia el niño estaba
internado recibiendo la tardía atención a múltiples daños físicos: quemaduras,
moretones, quebraduras, raspones…desnutrición.
Irónicamente quien lo “cuidaba” era la
misma madre que durante mucho tiempo participó en equipo con su pareja en
castigar al niño por supuesto mal comportamiento diario.
Los especialistas y comentaristas de la
noticia concordaban en que, a pesar de las insuficiencias condenables, lo mejor
era que lo cuidara la madre para que no se sintiera tan solo y desdichado. Creo
que fue una idea, entre las malas, la peor.
El padrastro estaba prófugo, como suele
ocurrir con esta tierra bendita que se traga a los malditos cuando la justicia
colectiva los reclama. Nadie sabía de él. Nunca dieron nombres. Nunca mostraron
a los involucrados, ni al niño. Protección, dicen.
Durante un par de días varios canales
trataron el tema desde distintos ángulos dando lugar a la infinita cantidad de
opinólogos que brillan por televisión con una autoridad desconocida. Y lo que
más me sorprendió fue que nadie hablara del daño psíquico y psicológico al que
fue sometido el niño. Heridas que difícilmente se curen, flagelos sin
recuperación…
¿Futuro
novio, marido o padre golpeador? ¿Futuro delincuente, drogadicto, asesino?
¿Futuro mendigo, lisiado, marginado? ¿Futuro?...
Luego, como todo, como siempre, otras
noticias, otros temas pasaron a primer plano y jamás se supo qué pasó con el
niño, si logró recuperarse, si se condenaron a los culpables, etc. Lo bueno de
esta incertidumbre es que nos somete a una imaginación inútil, estéril.
Ha pasado casi un año de esta aberrante
historia que nunca debió suceder y sigo rumiando los mismos sentimientos que me
invadieron esa mañana: angustia porque nadie hizo caso inmediato al pedido de
ayuda de los vecinos, un reclamo que representó el grito de socorro de un niño
hundido en el silencio de la confusión, el dolor, la amenaza y la
desesperación.
Sentí mucha impotencia también por no
poder hacer nada para revertir el dolor de ese Ser que había perdido cosas
irrecuperables en una niñez tan oscura como la vida que le esperaba. Tal vez,
en parte, por sentirme identificada.
Pero lo que más sentí y siento, es
vergüenza, por ser parte de un inconsciente colectivo que renuncia al respeto,
la empatía y el amor por los demás a cambio de no ser molestado, de no romper
con su burbuja de egoísmo y soledad donde sólo entra uno y los otros, afuera,
que mueran.
Aún deseo poder viajar y conocer a ese
niño, y en silencio darle el abrazo que tal vez nunca recibió. Ese abrazo que
necesitó cuando lloraba y cuando llorar ya no tenía sentido.
Aún deseo hablarle de lo valioso que es,
de lo más valioso que puede llegar a ser, de sus derechos, de sus haberes, de
sus virtudes, de lo justo de pedir justicia para sí mismo y para tantos niños
que como él diariamente reciben todo tipo de maltrato y abandono.
Aún deseo acercarme a él para compartir un momento humano, una
sonrisa.-
Luly
(Diciembre 2012)