Cuando
llegué a trabajar me esperaba una de las imágenes más indeseables que hubiera
imaginado, indeseable por lo confusa y triste. Me sentí impotente, mucho y por
muchos días después.
En el
gabinete de primeros auxilios estaba la trabajadora social con una niña de unos
6 o 7 años que lloraba por lo bajo y susurraba.
Pregunté
qué sucedía al pasar (sin interrumpir aquella situación que por mucha
curiosidad que despertara en cualquiera, era delicada y ajena) y una colega me
contó: la niña sufría hacía unos días de intensos dolores en las orejas.
En la revisión se descubrió que tenía
encarnados los aros. La inflamación y posible infección era importante, por lo
que la asistente estaba intentando literalmente despegar los aros a pesar de la
obvia resistencia de la niña. Logró hacerlo después de explicarle lo urgente y
necesario que era hacerlo por su propio bien, pero nada consolaba a aquella
pequeña.
El
desconsuelo era doble: lloraba por el dolor físico que de momento parecía más
intenso, y porque sus aritos ya no servían, estaban oxidados, y lejos de ser un
adorno y un regalo sumamente preciado, ahora representaban una amenaza real
para su salud.
…¿Cómo hacerle entender eso a una niña? ¿Cómo
explicarle lo que es la salud frente al deseo?...
A menudo no logro entender o aceptar eso, y
es un conflicto para varios adultos, lo cual me hace dudar de que ella pudiera
asumir esa situación a esa edad cuando todo mal suele estar sobredimensionado.
Mientras
hacía mis tareas me quedé pensando en todo lo que había visto y como siempre,
me indignaron los resultados de las preguntas que iban surgiendo a borbotones
sobre mi cabeza:
¿Cuánto
tarda en encarnarse un aro para llegar a la infección?
La
madre, el padre, o cualquier adulto a cargo de esa niña, ¿no observó lo que le
estaba pasando?
¿Será
que desde las primeras molestias pidió ayuda y nadie le dio atención?
¿Acaso
nadie realmente se ocupaba de ella y recurrió a otra fuente que le inspirara
confianza?
En fin,
son dudas que nunca voy a saldar, tal vez porque en éstos casos prefiero no
saber para que mi indignación no se potencie y para que el odio post impotencia
no repercuta en mi salud como suele hacerlo.
Aquí es
cuando empiezo a rumiar una incertidumbre existencial:
¿Es mejor estar siempre con todas las luces
prendidas, observando nuestro entorno y ocupándose de todo o casi todo lo que
pueda resolverse para el beneficio de todos? ¿O es preferible cerrar los ojos
de la conciencia social, meterse dentro de uno y obviar todos aquellos
problemas que resulten ajenos y no prescriban resultados permanentes?
Han
pasado varios meses de aquel llanto precoz que tanto me afectó por las causas
que le precedían y todavía lo recuerdo y me duele como algo propio.
Lo
injusto y evitable tiene esa permanencia en mí, y sólo compartirlo de éste
modo, alivia en parte lo que pocos entienden y menos saben.-
Luly (Octubre 2012)