martes, 12 de febrero de 2013

EL PIANISTA


Haciendo zapping, di con la historia en mudo, de un anciano, afinador de pianos, ciego de nacimiento, genio de pura sangre.
Al parecer toda su vida se dedicó al arte de perfeccionar el sonido, la melodía, la música y es por ese afán que más que un empleo fue una entrega del alma, cientos de pianos pasaron por sus manos para transformarse en instrumentos de lujo y placer.
Observar sus manos fue como leer el entre líneas de una vida particular y admirable. Un mundo donde los colores son innecesarios, porque para sentir, un solo sentido basta.
En la longevidad que supera cualquier expectativa extraordinaria, este hombre aun se destaca y es reconocido por una actividad elegida por pocos, y necesaria para muchos.
Al final, me preguntaba, cuando mueren los genios… ¿adónde va todo ese talento, esa experiencia y el reconocimiento?...
Y supe que hay gente que no debió nacer nunca por ser parásitos sociales, por malvados, por egoístas o por irresponsables, y hay gente que no debería morir  jamás, por excelentes, por admirables, por abnegados e iluminados.-
Luly
Colón, 03 diciembre 2012

sábado, 2 de febrero de 2013

EL ABANDONO


Cuando llegué a trabajar me esperaba una de las imágenes más indeseables que hubiera imaginado, indeseable por lo confusa y triste. Me sentí impotente, mucho y por muchos días después.
En el gabinete de primeros auxilios estaba la trabajadora social con una niña de unos 6 o 7 años que lloraba por lo bajo y susurraba.
Pregunté qué sucedía al pasar (sin interrumpir aquella situación que por mucha curiosidad que despertara en cualquiera, era delicada y ajena) y una colega me contó: la niña sufría hacía unos días de intensos dolores en las orejas.
 En la revisión se descubrió que tenía encarnados los aros. La inflamación y posible infección era importante, por lo que la asistente estaba intentando literalmente despegar los aros a pesar de la obvia resistencia de la niña. Logró hacerlo después de explicarle lo urgente y necesario que era hacerlo por su propio bien, pero nada consolaba a aquella pequeña.
El desconsuelo era doble: lloraba por el dolor físico que de momento parecía más intenso, y porque sus aritos ya no servían, estaban oxidados, y lejos de ser un adorno y un regalo sumamente preciado, ahora representaban una amenaza real para su salud.
…¿Cómo hacerle entender eso a una niña? ¿Cómo explicarle lo que es la salud frente al deseo?...
A menudo no logro entender o aceptar eso, y es un conflicto para varios adultos, lo cual me hace dudar de que ella pudiera asumir esa situación a esa edad cuando todo mal suele estar sobredimensionado.
Mientras hacía mis tareas me quedé pensando en todo lo que había visto y como siempre, me indignaron los resultados de las preguntas que iban surgiendo a borbotones sobre mi cabeza:
¿Cuánto tarda en encarnarse un aro para llegar a la infección?
La madre, el padre, o cualquier adulto a cargo de esa niña, ¿no observó lo que le estaba pasando?
¿Será que desde las primeras molestias pidió ayuda y nadie le dio atención?
¿Acaso nadie realmente se ocupaba de ella y recurrió a otra fuente que le inspirara confianza?
En fin, son dudas que nunca voy a saldar, tal vez porque en éstos casos prefiero no saber para que mi indignación no se potencie y para que el odio post impotencia no repercuta en mi salud como suele hacerlo.
Aquí es cuando empiezo a rumiar una incertidumbre existencial:
¿Es mejor estar siempre con todas las luces prendidas, observando nuestro entorno y ocupándose de todo o casi todo lo que pueda resolverse para el beneficio de todos? ¿O es preferible cerrar los ojos de la conciencia social, meterse dentro de uno y obviar todos aquellos problemas que resulten ajenos y no prescriban resultados permanentes?
Han pasado varios meses de aquel llanto precoz que tanto me afectó por las causas que le precedían y todavía lo recuerdo y me duele como algo propio.
Lo injusto y evitable tiene esa permanencia en mí, y sólo compartirlo de éste modo, alivia en parte lo que pocos entienden y menos saben.-

Luly (Octubre 2012)